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María Ana, 80 años, Caacupé.
Soy católica profesante, comulgo todos los domingos. A pesar de eso (o tal vez por eso) en el tema del aborto tengo mi manera de pensar, dispar a lo que me obliga mi religión.
Nadie le puede a sus pensamientos. Ya me he hecho todas las preguntas, me he dado cuanta respuesta hay en contra del aborto: Que es un acto criminal, que todo ser engendrado tiene derecho a la vida, que tenemos que acatar los designios de Dios y mil cosas más, pero no encuentro nada que borre el mí el ser partidaria del libre albedrío.
Sentada delante de mi casa veo pasar miles de embarazadas. Ellas, de todos los estratos sociales y económicos. Cuando veo al alguien que, supongo, traerá un niño robusto, sano, con futuro, me da mucho gusto. Cuando es ella una marchante con una canasta sobre la cabeza, otra canasta en la mano y dos o tres niños prendidos a la otra mano, se me retuerce el alma, pensando por las penurias y esfuerzos incalculables que tienen que pasar esa mujer, que con frío o calor tiene que dejar su rancho para venir a recorrer las calles con sus pesadas canastas y arrastrar su ristra de hijos. A veces la mercadería es liviana como el caso de las yuyeras, pero aún más leves son sus ganancias… Yo que soy una bocona les digo que acudan al Hospital, que allí hay buen servicio de prevención y dan gratis los anticonceptivos. Algunas, las menos, me hacen caso.
La paraguaya sin educación acepta su cruel destino sin rebelarse. Otras mujeres veo mujeres enfermas discapacitadas que, entre harapos, resaltan sus enormes barrigas. Eso me rebela. En esos casos, como San Agustín, quiero encontrar a Dios y entenderlo. No soporto la idea de ver la gestación de un mendigo. Pero allí no para la cosa: Cuando veo a jovencitas pobres sin futuro embarazadas, deseo de todo corazón que se den un tropezón y que sean regaladas con la gracia de un aborto. Para mí, un niño debe ser responsablemente deseado.
Yo tenía 19 años y quedé embarazada. Me puse muy contenta y a pesar de que el papá de mi engendro me ofrecía matrimonio yo no quise casarme. Me sentía fuerte, capaz de enfrentar la vida. Mi familia, tremendamente asustada con mi oposición al matrimonio, me vio a un famoso profesional para sacarme del problema. Tajante, respondí que no. ¡Qué loca! Yo no sabía los golpes que me daría en la vida.
Es cierto que vencí en medio de tribulaciones, pero ahora si me tocara de nuevo igual suerte no creo que cometa semejante acto de irresponsabilidad. Creo que una mujer jamás tiene que tener un hijo no deseado y más aún esa pobre gente, que sabe que el porvenir del niño que tendrá es la mendicidad, la calle y el desamor. Hay niños que antes de nacer son huérfanos. Eso para mí es el peor de los pecados. Che favórpe he’i kuña imembykuaha*. Ese dicho campesino con el cual encabezo este escrito nos presenta el pensamiento hondo de nuestro pueblo.
Agosto de 2009
* En guaraní, "
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